aqui voy a ir recopilando cosas que encuentro por ahi y q me parece que os puedan interesar
y mas cosas que se ma vayan ocurriendo
espero que os guste
miércoles, 13 de febrero de 2013
Cuentos Clásicos XVI: EL VESTIDO MAGICO
En un lejano país, hace ya muchos años, vivía un rey llamado Carambolo II, era muy gordo y muy rico y se ocupaba de celebrar muchas fiestas y banquetes. Un día apareció en su reino un Mago y le dijo al rey que era capaz de fabricar maravillosas telas jamás vistas, y tenían la cualidad de ser invisibles para todos aquellos que fueran tontos.
Así que el rey le ofreció oro, plata y piedras preciosas para que le fabricase un precioso traje. El Mago se encerró en sus habitaciones y comenzó a trabajar.
El rey impaciente, al cabo de los días, comenzó a enviar a sus ministros para comprobar como iba el trabajo. Pero ninguno consiguió ver nada, así que cuando volvían a Palacio, temerosos de que el rey se pensara que eran tontos de capirote, mentían y decían que el trabajo iba muy bien y que resultaba precioso.
Por fin un día, el Mago mandó decir al rey que el vestido estaba terminado, así que Carambolo II reunió a la Corte y se encaminó a la casa del Mago. De un cofre magnífico, sacó el Mago el vestido, y después de quitar la túnica al rey dejándolo desnudo, hizo como si le colocara encima la maravillosa tela. Pero el rey Carambolo II no consiguió ver nada por más que se esforzaba en mirar, así que decidió hacer como si de veras viera el vestido.
El rey se paseaba por las calles mientras todos decían que el vestido era magnífico. Y únicamente los niños dijeron la verdad, y lo pasaron muy bien, riéndose y gritando llenos de alegría. "¡El rey va en calzones! ¡El rey va en calzones!". Mientras, pensaban que Carambolo II era un hombre lleno de humor y simpatía.
domingo, 10 de febrero de 2013
MINA
Calla, calla. No soy el mar, no soy el cielo,
ni tampoco soy el mundo en que tú vives.
Soy el calor que sin nombre avanza sobre las piedras frías,
sobre las arenas donde quedó la huella de un pesar,
sobre el rostro que duerme como duermen las flores
cuando comprenden, soñando, que nunca fueron hierro.
Soy el sol que bajo la tierra pugna por quebrantarla
como un brazo solísimo que al fin entreabre su cárcel
y se eleva clamando mientras las aves huyen.
Soy esa amenaza a los cielos con el puño cerrado,
sueño de un monte o mar que nadie ha transportado
y que una noche escapa como un mar tan ligero.
Soy el brillo de los peces que sobre el agua finge una
red de deseos,
un espejo donde la luna se contempla temblando,
el brillo de unos ojos que pueden deshacerse
cuando la noche o nube se cierran como mano.
Dejadme entonces, comprendiendo que el hierro es la
salud de vivir,
que el hierro es el resplandor que de sí mismo nace
y que no espera sino la única tierra blanda a que herir
como muerte,
dejadme que alce un pico y que hienda a la roca,
a la inmutable faz que las aguas no tocan.
Aquí a la orilla, mientras el azul profundo casi es negro,
mientras pasan relámpagos o luto funeral, o ya espejos,
dejadme que se quiebre la luz sobre el acero,
ira que, amor o muerte, se hincará en esta piedra,
en esta boca o dientes que saltarán sin luna.
Dejadme, sí, dejadme cavar, cavar sin tregua,
cavar hasta ese nido caliente o plumón tibio,
hasta esa carne dulce donde duermen los pájaros,
los amores de un día cuando el sol luce fuera.
VICENTE ALEIXANDRE
(España-1898)
De "La destrucción o el amor"
lunes, 4 de febrero de 2013
domingo, 13 de enero de 2013
Cuentos Clásicos XV: EL SOLDADITO DE PLOMO
La habitación de Carlos estaba repleta de juguetes. Había bailarinas, monos andadores, cajitas sorpresa, pelotas y muchas cosas más. y, además, nunca dejaban de llegar nuevos juguetes. Un día el papá de Carlos le regaló una caja con soldaditos de plomo. "Gracias papá", dijo Carlos, y rápidamente se lo llevó a su cuarto para jugar con ellos. Al abrir la caja se dio cuenta de que a uno de los soldaditos le faltaba una pierna. "Mira -le dijo a su hermana-, a este soldadito le falta una pierna, parece que hubiera ido a la guerra de verdad."
Después de jugar toda la tarde, Carlos y su hermana se fueron a dormir y dejaron cerrado el cuarto de los juguetes. "¡Adelante! -se escuchó-, es la hora de divertirse." Eran los juguetes que por la noche cobraban vida. Despertaron los soldados, y todos de un salto se pusieron a formar, todos menos el soldadito cojo que, con más cuidado, salió despacito de la caja. "¡A formar!, -lle gritó el capitán- ¡Un, dos, un, dos, un dos!". Pero el soldadito no podía seguir el ritmo de los demás, así que se sentó en un cubo numerado triste y cabizbajo. "No soy un soldado de verdad, ni siquiera puedo hacer la instrucción", pensaba y pensaba.
De pronto, empezó a escuchar una dulce música que lo hizo levantar la cabeza y.... ¡Oh, Dios mío! Una luz deslumbrante le revelaba a una preciosa bailarina que se movía con la melodía. Los ojos del soldadito se abrieron mucho, mucho, y también la boca, y como hipnotizado avanzó hasta tan bello espectáculo. La bailarina se dio cuenta de su presencia lo miró y sonrió dulcemente, y cuando el soldado fue a hablar: "¡¿Qué haces aquí?! -gritó un muñeco grande y feo-; ¡no te acerques a ella, me pertenece!", y se abalanzó contra él con muy malas intenciones. El soldado trató de defenderse pero cada vez se acercaba más y más a una ventana que habían dejado abierta. "¡Fuera de aquí!", gritó el muñeco y empujó al soldado. Éste perdió el equilibrio y cayó a la calle en un charco de barro.
Dos niños que jugaban lo encontraron y al verlo sucio y cojo no lo quisieron y decidieron montarlo en un barco de papel para verlo navegar por el río. El soldadito asustado tomó el mando del barco que corría río abajo a gran velocidad. El barquito de papel no aguantó mucho y se hundió al llegar al mar. El soldadito se hundió rápidamente, pero antes de llegar al fondo un gran pez, creyéndolo comida, se lo tragó. No pasaron muchos días cuando un pescador dio con el atrevido pez, y ocurrió que la madre de Carlos se lo compró sin saber lo que había en su interior.
Preparaba la cena la mamá cuando encontró al soldado, lo lavó bien y llamó a sus hijos: "Mirad lo que he encontrado". "¡Qué bien! ¡ Es como mi soldadito perdido! Mamá ¿crees que será el mismo?". "¿Quién sabe? -dijo la madre-, tal vez sea cosa de magia. Carlos corrió a su cuarto con el soldado y lo dejó en su cajita. Al cerrar la puerta saltó el soldado con intención de hablar con el malvado muñeco. "Esto no puede quedar así", se decía. Y fue en su busca. "¿Qué haces aquí? -le gritó el muñeco-, ¿quieres que vuelva a echarte a patadas de mi territorio?". "Esta vez no lo conseguirás", dijo el soldado. Y cuando el muñeco trató de agarrarlo se escuchó una voz. "Déjalo en paz". El muñeco miró atrás. ¡Era la bailarina acompañada de todos los juguetes! "Ya estamos hartos de que seas tan maleducado y te metas con los demás juguetes. Si quieres quedarte aquí deberás cambiar si no será mejor que te vayas", siguió diciendo la bailarina.
El malvado muñeco al verse rodeado y sin apoyo, agachó la cabeza y se fue farfullando: "Esto no quedará así". Pero antes de irse le paró el soldado: "No te olvides que ya no te tenemos miedo y que yo estaré aquí siempre para protegerlos". "¡Viva el soldado!", gritaron todos al escucharlo. Pero... ¿qué paso con la bailarina? Pues que el soldadito y ella se hicieron grandes amigos y por la noche, a la luz de la luna, ella bailaba y el soñaba con poderla acompañar algún día.
jueves, 13 de diciembre de 2012
Cuentos Clásicos XIV: EL RUISEÑOR Y LA ROSA
Dijo ella que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas – exclamó el joven estudiante –; pero no hay en todo mi jardín una sola rosa roja.
Desde su nido de la encina oyóle el ruiseñor; miró por entre las hojas asombrado. – ¡No hay una sola rosa roja en todo mi jardín! – gritaba el estudiante. Y sus bellos ojos se llenaban de lágrimas.
– ¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído todo cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la Filosofía y tengo que sentirme desdichado por falta de una rosa roja.
«He aquí, por fin, el verdadero enamorado – se dijo el ruiseñor –. Le he cantado todas las noches, aun sin conocerle; noche tras noche he contado su historia a las estrellas, y ahora le veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto, y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha tornado su rostro pálido como el marfil, y 1a tristeza le ha marcado en la frente con su sello.»
– El príncipe da un baile mañana por la noche – murmuraba el joven estudiante –, y mi adorada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la estrecharé en mis brazos. Reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano descansará en la mía. Pero como no hay rosas rojas en mi jardín, tendré que estar solo y ella no me hará caso ninguno. No se fijará en mí para nada y mi corazón se desgarrará.
«He aquí el verdadero enamorado – se dijo el ruiseñor
–. Sufre todo lo que canto; todo lo que es alegría para mí, para él es dolor. Realmente el amor es una cosa maravillosa; es más precioso que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y granadas no pueden comprarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede comprarse al vendedor ni tampoco pesarlo en la balanza para el oro.»
– Los músicos estarán en su estrado – decía el joven estudiante –. Tocarán sus instrumentos y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que sus pies no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus alegres atavíos, la rodearán solícitos. Pero conmigo no bailará, porque no tengo rosa roja que darle. Y dejándose caer en el césped escondió su cara en sus manos y lloró.
– ¿Por qué llora? – preguntó una lagartija verde correteando cerca de él con su cola levantada.
– Sí, ¿por qué? – dijo una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.
– Eso es, ¿por qué? – murmuró una margarita a su vecina con una dulce vocecilla.
– Llora por una rosa roja – dijo el ruiseñor.
– ¿Por una rosa roja? – exclamaron
–. ¡Qué ridiculez! Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas. Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando en el misterio del amor.
De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra cruzó el jardín. En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verlo voló hacia él y se posó sobre una ramita.
- Dame una rosa roja – gritó – y te cantaré mi canción más dulce. Pero el rosal sacudió su cabeza.
- Mis rosas son blancas – contestó –, tan blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve en la montaña. Pero ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá él te dé lo que quieres. El ruiseñor voló hacia el rosal que crecía en torno al viejo reloj de sol.
– Dame una rosa roja – gritó – y te cantaré mi canción más dulce. Pero el rosal sacudió su cabeza.
– Mis rosas son amarillas – respondió –, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un trono de ámbar y más amarillas que el narciso que florece en el prado, antes que llegue el segador con su hoz. Pero ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante y quizá él te dé lo que quieres. Y el ruiseñor voló hacia el rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.
– Dame una rosa roja – gritó – y te cantaré mi canción más dulce. Pero el rosal sacudió la cabeza.
- Mis rosas son rojas – respondió –, tan rojas como las patas de las palomas y más rojas que los grandes abanicos de coral que el Océano mece en sus abismos. Pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, la borrasca ha partido mis ramas y no tendré ya rosas en todo este año.
– No necesito más que una rosa roja – gritó el ruiseñor –, solo una rosa roja. ¿No hay ningún medio de que yo la consiga?
– Hay un medio – respondió el rosal –, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.
– Dímelo – replicó el ruiseñor –. No tengo miedo.
– Si quieres una rosa roja – dijo el rosal – tienes que hacerla con música, al claro de luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí, con el pecho apoyado en una espina. Cantarás para mí durante toda la noche y la espina te atravesará el corazón y la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en mi propia sangre.
– La muerte es un alto precio para pagar una rosa roja – exclamó el ruiseñor –, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el verde bosque y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Dulce es el olor del espino y dulces son las campanillas que se esconden en el valle y el brezo que crece en 1a colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, ¿y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?.
Entonces desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra, y como una sombra cruzó sobre la arboleda. El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped,. allí donde le dejó, y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.
– ¡Sé feliz – gritó el ruiseñor –, sé feliz, tendrás tu rosa roja! La crearé con música aI claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido en cambio es que seas un verdadero enamorado, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, aunque esta lo sea, y más fuerte que el Poder, aunque este lo sea. Sus alas son llamas coloridas y su cuerpo color de fuego. Sus labios son dulces como la miel y su aliento es como el incienso. El estudiante levantó los ojos del césped y escuchó, pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues únicamente sabía las cosas que están escritas en los libros.
Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al pequeño ruiseñor que había construido el nido en sus ramas.
– Cántame una última canción – murmuró –. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! Y el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que burbujea en una jarra de plata. Al terminar su canción, el estudiante se levantó, sacano su cuadernito de notas y su lápiz del bolsillo.
«Tiene estilo – se decía, paseándose por la alameda –, esto es innegable; pero ¿siente? Me temo que no. En realidad es como muchos artistas: todo estilo, sin nada de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y, como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente no puede negarse que su voz tiene notas muy bellas. ¡Qué lástima que todo eso no tenga sentido alguno o que no persiga ningún fin práctico!»
Y entrando en su habitación, se acostó sobre su jergoncito y se puso a pensar en su amor, y al cabo de un momento se quedó dormido. Y cuando la luna brilló en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra una espina. Y toda la noche cantó con el pecho apoyado contra la espina, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando. Cantó durante toda la noche, y la espina penetraba cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.
Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven; y de una muchacha. Y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo por pétalo, canción tras canción. Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río..., pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora. La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía el reflejo de una rosa en un espejo de plata, el reflejo de una rosa en una laguna. Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra la espina.
– ¡Apriétate más, pequeño ruiseñor – gritó el rosal –, o llegará el día antes que la rosa esté terminada! Y el ruiseñor se apretó más contra la espina, y su canto creció más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen. Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.
Pero la espina no había llegado aún al corazón del ruiseñor, y el corazón de la rosa seguía blanco, porque solo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa. Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra la espina.
– ¡Apriétate más”pequeño ruiseñor – gritó el rosal –, o llegará el día antes que la rosa esté terminada! Y el ruiseñor se apretó aún más contra la espina, y la espina tocó su corazón, y sintió en él un cruel espasmo de dolor. Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimizado por la muerte, el amor que no fenece en la tumba. Y la rosa maravillosa enrojeció como la rosa del cielo oriental. Purpúreo era el cerco de pétalos, y purpúreo como un rubí era el corazón. Pero la voz del ruiseñor desfalleció y sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue debilitando cada vez más y sintió que algo le cerraba la garganta.
Entonces su canto tuvo un último estallido de música. La blanca luna le oyó; y, olvidándose de la aurora, se detuvo en el cielo. La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío de la mañana. Eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas y despertó de sus sueños a los pastores dormidos. Flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.
– ¡Mira, mira! – gritó el rosal –. ¡Ya está terminada la rosa! Pero el ruiseñor no respondía; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado por la espina. A mediodía el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.
– ¡Qué maravillosa obra de la suerte! – exclamó –. ¡He aquí una rosa roja! No he visto una rosa semejante en toda mi vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe de tener un largo nombre en latín. E inclinándose la arrancó. Se puso el sombrero y corrió a casa del profesor con su rosa en la mano. La hija del profesor estaba sentada a la puerta; devanaba seda azul en un carrete, con un perrito echado a sus pies.
– Dijisteis que bailaríais conmigo si os traía una rosa roja – dijo el estudiante –. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderéis cerca de vuestro corazón, y cuando bailemos juntos ella os dirá cuánto os amo. Pero la joven frunció las cejas.
– Temo que esta rosa no case con mi vestido – respondió –, y, además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y todos saben que las joyas cuestan más que las flores.
– ¡Bien! ¡A fe mía que sois una ingrata! – dijo el estudiante con aspereza. Y tiró la rosa al arroyo, donde un pesado carro la aplastó.
– ¡Ingrato! – dijo la joven –. Os diré que sois muy grosero, y, después de todo, ¿quién sois? Solamente un estudiante. No creo que tengáis hebillas de plata en los zapatos, como las del sobrino del chambelán. Y levantándose de su silla se metió en la casa.
«¡Qué tontería es el amor! – se decía el estudiante a su regreso
–. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no puede probar nada. Habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente no es nada práctico, y en nuestra época todo estriba en ser práctico. Voy a volver a la Filosofía y al estudio de la Metafísica.»
Y ya de vuelta en su habitación, sacó un gran libro polvoriento y se puso a leer.
Oscar Wilde
martes, 13 de noviembre de 2012
Cuentos Clásicos XIII: EL REY MIDAS
Érase una vez un rey muy rico cuyo nombre era Midas. Tenía más oro que nadie en todo el mundo, pero a pesar de eso no le parecía suficiente. Nunca se alegraba tanto como cuando obtenía más oro para sumar en sus arcas. Lo almacenaba en las grandes bóvedas subterráneas de su palacio, y pasaba muchas horas del día contándolo una y otra vez.
Midas tenía una hija llamada Caléndula. La amaba con devoción, y decía: "Será la princesa más rica del mundo". Pero la pequeña Caléndula no daba importancia a su fortuna. Amaba su jardín, sus flores y el brillo del sol más que todas las riquezas de su padre. Era una niña muy solitaria, pues su padre siempre estaba buscando nuevas maneras de conseguir oro, y contando el que tenía, así que rara vez le contaba cuentos o salía a pasear con ella, como deberían hacer todos los padres.
Un día el rey Midas estaba en su sala del tesoro. Había echado la llave a las gruesas puertas y había abierto sus grandes cofres de oro. Lo apilaba sobre mesa y lo tocaba con adoración. Lo dejaba escurrir entre los dedos y sonreía al oír el tintineo, como si fuera una dulce música. De pronto una sombre cayó sobre la pila del oro. Al volverse, el rey vio a un sonriente desconocido de reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó. ¡Estaba seguro de haber atrancado la puerta! ¡Su tesoro no estaba seguro! Pero el desconocido se limitaba a sonreír.
- Tienes mucho oro, rey Midas -dijo. "Sí -respondió el rey-, pero es muy poco comparado con todo el oro que hay en el mundo." "¿Qué? ¿No estás satisfecho?" -preguntó el desconocido. "¿Satisfecho? -exclamó el rey-. Claro que no. Paso muchas noches en vela planeando nuevos modos de obtener más oro. Ojalá todo lo que tocara se transformara en oro." "¿De veras deseas eso, rey Midas?". "Claro que sí. Nada me haría más feliz." "Entonces se cumplirá tu deseo. Mañana por la mañana, cuando los primeros rayos del sol entren por tu ventana, tendrás el toque de oro."
Apenas hubo dicho estas palabras, el desconocido desapareció. El rey Midas se frotó los ojos. "Debo haber soñado -se dijo- , pero qué feliz sería si eso fuera cierto". A la mañana siguiente el rey Midas despertó cuando las primeras luces aclararon el cielo. Extendió la mano y tocó las mantas. Nada sucedió. "Sabía que no podía ser cierto", suspiró. En ese momento los primeros rayos del sol entraron por la ventana. Las mantas donde el rey Midas apoyaba la mano se convirtieron en oro puro. "¡Es verdad! -exclamó con regocijo-. ¡Es verdad!".
Se levantó y corrió por la habitación tocando todo. Su bata, sus pantuflas, los muebles, todo se convirtió en oro. Miró por la ventana, hacia el jardín de Caléndula. "Le daré una grata sorpresa", pensó. Bajó al jardín, tocando todas las flores de Caléndula y transformándolas en oro. "Ella estará muy complacida", se dijo.
Regresó a su habitación para esperar el desayuno, y recogió el libro que leía la noche anterior, pero en cuanto lo tocó se convirtió en oro macizo. "Ahora no puedo leer -dijo-, pero desde luego es mucho mejor que sea de oro". Un criado entró con el desayuno del rey. "Qué bien luce -dijo-. Ante todo quiero ese melocotón rojo y maduro." Tomó el melocotón con la mano, pero antes que pudiera saborearlo se había convertido en una pepita de oro. El rey Midas lo dejó en la bandeja. "Es precioso, pero no puedo comerlo", se lamentó. Levantó un panecillo, pero también se convirtió en oro.
En ese momento se abrió la puerta y entró la pequeña Caléndula. Sollozaba amargamente, y traía en la mano una de sus rosas."
¿Qué sucede, hijita?", preguntó el rey.
"¡Oh, padre! ¡Mira lo que ha pasado con mis rosas! ¡Están feas y rígidas!".
"Pues son rosas de oro, niña. ¿No te parecen más bellas que antes?".
"No -gimió la niña-, no tienen ese dulce olor. No crecerán más. Me gustan las rosas vivas".
"No importa -dijo el rey-, ahora toma tu desayuno". Pero Caléndula notó que su padre no comía y que estaba muy triste.
"¿Qué sucede, querido padre?", preguntó, acercándose. Le echó los brazos al cuello y él la besó, pero de pronto el rey gritó de espanto y angustia. En cuanto la tocó, el adorable rostro de Caléndula se convirtió en oro reluciente. Sus ojos no veían, sus labios no podían besarlo, sus bracitos no podían estrecharlo. Ya no era una hija risueña y cariñosa, sino una pequeña estatua de oro. El rey Midas agachó la cabeza, rompiendo a llorar.
"¿Eres feliz, rey Midas?", dijo una voz.
Al volverse, Midas vio al desconocido. "¡Feliz! ¿Cómo puedes preguntármelo? ¡Soy el hombre más desdichado de este mundo!", dijo el rey.
"Tienes el toque de oro -replicó el desconocido-. ¿No es suficiente?". El rey Midas no alzó la cabeza ni respondió. "¿Qué prefieres, comida y un vaso de agua fría o estas pepitas de oro?". El rey Midas no pudo responder.
"¿Qué prefieres, oh rey, esa pequeña estatua de oro, o una niña vivaracha y cariñosa?".
"Oh, devuélveme a mi pequeña Caléndula y te daré todo el oro que tengo -dijo el rey-. He perdido todo lo que tenía de valioso." "Eres más sabio que ayer, rey Midas -dijo el desconocido-.Zambúllete en el río que corre al pie de tu jardín, luego recoge un poco de agua y arrójala sobre aquello que quieras volver a su antigua forma. El rey Midas se levantó y corrió al río. Se zambulló, llenó una jarra de agua y regresó deprisa al palacio. Roció con agua a Caléndula, y devolvió el color a sus mejillas. La niña abrió los ojos azules. Con un grito de alegría, el rey Midas la tomó en sus brazos. Nunca más el rey Midas se interesó en otro oro que no fuera el oro de la luz del sol, o el oro del cabello de la pequeña Caléndula.
sábado, 13 de octubre de 2012
Cuentos Clásicos XII: EL PESCADOR DE LA FLORA AZUL
En la tierra de los Hogol hace ya mucho existía una pequeña aldea junto al mar. Su nombre poco importa pues lo importante de ella es que allí vivió el pescador de la flor azul. Ya nadie recuerda su nombre verdadero pues todos le llamaban el pescador de la flor azul. El pescador era un enamorado de las flores y en el jardín de su casa tenía las flores más bonitas de la comarca. Dicen las gentes que en ese jardín crecía una flor delicada y bella como ninguna otra, de un azul tan intenso que si la levantabas al cielo una mañana clara y soleada se confundía con el azul del cielo y desaparecía de tu vista. Este hogol pescador tenía una pequeña barca con la que salía todas las mañanas a pescar lo justo para poder sustentarse. Era una persona sencilla que se sentía feliz con lo poco que tenia y con su jardín de flores.
Cierto día mientras estaba pescando en su barca pudo distinguir no muy lejos de donde él se encontraba algo que flotaba en el agua. Al fijarse mejor se dio cuenta que fuera lo que fuera estaba dando chapoteos y que se movía. Se acercó lentamente hasta el lugar y vio que se trataba de un pequeño delfín. El pobre delfín estaba enredado en una vieja red que seguramente algún pescador había perdido. Luchaba por liberarse pero solo lograba enroscarse aun más en la tela que le aprisionaba. El pescador se lanzó al agua y se acerco al delfín y como pudo, le saco de la red que le ataba. Y mientras lo hacia vio que el pobre delfín estaba magullado y que tenia un corte bastante grande en su aleta dorsal. Tenía también otras heridas, pero de menor importancia. Finalmente consiguió sacarlo y liberarlo de la red que le aprisionaba. Al sentirse libre de nuevo el delfín nadó alrededor del pescador unas pocas veces y luego, sacando su cabeza del agua y mirando al pescador lanzó un grito agudo que el pescador interpretó como un saludo. Luego el pescador volvió a subir a la barca y siguió con su trabajo, advirtiendo que mientras lo hacía el delfín trataba de seguirle trabajosamente pues se encontraba muy débil. El pescador pensó que no tendría fuerzas suficientes para buscar comida y mirando de reojo el cubo de pescados que había recogido aquel día decidió tirárselos al pequeño delfín. Primero le lanzo un pescado y el delfín se acerco costosamente y comió el pez que le había lanzado. Luego el pescador lanzó otro pescado y el delfín hizo lo mismo que antes. Así fue que el pescador terminó por darle todos los pescados que aquel día había recogido y después de hacerlo regresó finalmente a su casa, saludando con la mano al delfín que ya había dejado de seguirle.
A partir de ese día el pescador a menudo se encontraba al pequeño delfín. Vio que lentamente el delfín se recuperaba y notaba que el vigor y la fuerza volvían a él. El delfín siempre le recibía con saltos y gritos. Al verle, el pescador sentía que una amistad había nacido entre ellos. Y así paso el tiempo y el pescador siguió haciendo su trabajo en el mar en compañía de su amigo el delfín, mientras que en tierra seguía cuidando sus amigas las flores. Una mañana el pescador salió como siempre de su casa y alzando la vista al cielo vio unas grandes nubes amenazantes. Las miró detenidamente intentando averiguar si eran mensajeras de tormenta o de calma. Miró la dirección que llevaban y vio que en realidad se alejaban del lugar. "La tormenta se aleja", pensó. Así que como siempre montó en su barca e izando la pequeña vela salió a la mar. El mar estaba movido pero en realidad no había en él nada fuera de lo corriente. Sin embargo se sintió extrañado de no ver a su amigo el delfín y aunque lo iba buscando con la mirada no conseguía verlo en medio del agua teñida de gris por la tenue luz que se filtraba de las nubes. El pescador, distraído buscando a su amigo el delfín no advirtió que el viento cambiaba de dirección haciendo que la tormenta volviera sobre sus pasos, echándose lentamente sobre la barca del pescador que cada vez se agitaba mas fuerte a causa de la bravura del mar. Cuando el pescador advirtió lo que pasaba ya era tarde. El mar se encrespó y el viento rugió. La luz del día se escondió tras las negras nubes, al tiempo que las tinieblas le envolvían. El pescador trató de dirigir su barca de vuelta a la aldea pero el viento y el mar le empujaban mar adentro. La pequeña barca se zarandeaba como un juguete en las manos de un niño y el pobre pescador, aferrado al timón trataba en vano de dirigir la nave. Pero ahora la barca se movía al son del mar que parecía que hubiera lanzado todas sus iras contra el y su barca. Olas enormes alzaban la barca y luego la lanzaban con violencia contra el mar. El viento más y más fuerte rasgó la vela y rompió el mástil y finalmente, una enorme ola arrojó la barca hacia el cielo estrellándose luego contra una pared de agua que se había levantado frente a él.
La barca se hizo pedazos y el pescador cayó al agua tratando de mantenerse a flote. Pero el mar quería llevárselo con él y le empujaba hacia el fondo y le lanzaba olas enormes, tratando de engullirlo mientras el pescador resistía con todas sus fuerzas en esa lucha tan desigual por conservar su vida. Sentía como lentamente sus fuerzas le abandonaban debido al tremendo esfuerzo que estaba haciendo. Mientras, las olas seguían su ataque despiadado contra él, que cada vez estaba mas rendido y agotado hasta casi la extenuación. En ese momento sintió algo que flotaba junto a él e instintivamente se aferró con las pocas fuerzas que le quedaban, pensando trabajosamente que un pedazo de su barca había llegado hasta él. No era un pedazo muy grande pero suficiente para mantenerle a flote. Trató de agarrarse mejor y en ese momento notó una muesca curiosa. Volvió a palpar y supo entonces que aquella marca era la cicatriz de su amigo el delfín en su aleta. Abrió los ojos y vio que era de su amigo de quien se aferraba con todas sus fuerzas.
El pequeño delfín luchaba con ahínco para mantenerle a flote y el pescador se aferraba a él sabiendo que era su única salvación. Lentamente parece que el mar se dio por vencido y dejó de lanzar sus muros de agua sobre ellos. Cuando la tormenta perdió su virulencia el pescador advirtió que el delfín empezaba a nadar costosamente pues llevaba a rastras al hogol. Pero avanzaba con tesón, lentamente, hasta llegar a una isla. El pequeño delfín llevó al pescador hasta casi la orilla de la playa y el pescador arrastrándose, consiguió finalmente salir fuera del agua perdiendo el conocimiento al llegar a la playa. Al día siguiente la luz del sol despertó al pescador y al levantarse descubrió que no había sido un sueño. Miró hacia el mar y vio no muy lejos la silueta conocida de su amigo el delfín, el cual se acercó hasta él tanto como pudo y le saludo con su grito. El hogol le saludó también y vio que el delfín llevaba unos peces en la boca. Se acerco a él y el delfín abrió la boca para que los cogiera. Luego volvió a la playa, buscó unas ramas y como pudo hizo fuego y se comió los pescados. Después de haberse alimentado se internó en la isla y descubrió que había un pequeño arroyo de agua dulce. El pescador bebió con ansiedad, saciando su sed. Ahora que se encontraba mejor meditó acerca de su situación. Recordaba que el mar le alejó mucho de su casa y supuso que estaría muy lejos de ella. No conocía aquella isla ni sabía que hubiera alguna isla cerca de su aldea. Pensó que seria muy difícil salir de la isla a no ser que lo vinieran a buscar, pero quien podía pensar que estaría allí? Se sintió triste al pensar que aunque vivo, quizás tuviera que pasar el resto de su vida allí solo.
Pasaron los días y lentamente el pescador se dio cuenta que sus temores eran fundados pues ningún barco apareció en el horizonte para venir a buscarle. Así empezó una nueva vida en la isla, con la única compañía del delfín que siempre venia a verle. Un día el pescador advirtió una bolsita que llevaba colgada de su cinturón. Era una bolsita de semillas: hortalizas y otras plantas de su huerta. Al verlas se alegró pues pensó que podría plantarlas y tener algo mas para comer. Así que buscó en la isla un buen terreno para hacer una huerta donde sembrar sus plantas. Cuando no estaba cuidando la huerta, al pescador le gustaba ir hasta la orilla para estar con su amigo el delfín. La soledad que sentía el pescador hizo que lentamente empezase a hablarle al delfín. Primero solo frases, luego ya le hablaba como si fuera una persona. Y el delfín a veces, se quedaba quieto con la cabeza fuera como escuchando lo que su amigo el hogol le contaba. Le hablaba de lo que hacía en la tierra de los Hogol y de la gente que allí vivía. A veces le hablaba de su jardín y de sus flores, pero eso no lo nombraba muy a menudo pues sentía mucha tristeza al recordar sus flores y pensar que ahora nadie las cuidaría como el lo hacia.
Los días fueron pasando y las semillas que había sembrado germinaron y lentamente fueron creciendo. Un día el pescador mientras miraba las plantas de su huerta advirtió una que era diferente de las demás y al observarla detenidamente vio que en realidad era la planta de una flor azul. Su corazón dio un grito de alegría al ver que tendría una flor azul en su pequeña huerta. Salió corriendo hacia la playa para contarle la noticia a su amigo. Le iba gritando: "¡Una flor azul, una flor azul!". El delfín le miraba con curiosidad: "¡Una flor azul, tendré una flor azul!". Desde ese día cada mañana el pescador iba corriendo hasta la huerta para ver si la planta había dado una flor y al no verla aun volvía a la playa y le contaba a su amigo lo bellas que eras sus flores azules y lo mucho que él las quería. El delfín por su parte, siempre con la cabeza fuera del agua y su simpática expresión de bondad y alegría parecía escucharle atentamente lanzando algún grito de vez en cuando. El pescador le contaba y le contaba acerca de sus flores azules que solo en su jardín crecían y que eran famosas en toda la comarca. Así fueron pasando el tiempo hasta que un día el pescador fue hasta el huerto y allí finalmente encontró una bella flor azul que había brotado esa misma mañana y que tenia el mismo azul que el cielo del alba. El pescador al ver la flor azul se sintió tan feliz y contento como antaño, ahí en su aldea. Y eran tan grandes sus ansias de compartir su felicidad que arrancó delicadamente la flor y corrió hacia la playa donde el delfín le esperaba como siempre. El delfín vio a lo lejos como el pescador se acercaba corriendo mientras le gritaba: "¡Una flor azul! ¡Mírala: es preciosa!". El pescador corrió y corrió hasta llegar cerca del delfín entonces se detuvo y le dijo: "Mira amigo mío, ¿a que es la flor más bella del mundo?". El delfín cuando la vio pareció como que enloquecía, pues empezó a saltar y hacer piruetas en el cielo, nadando y saltando. "Parece que a él también le gustan mis flores", pensó feliz el pescador. Luego el delfín se acercó al pescador y empezó a lanzarle gritos agudos, como pidiendo algo. El pescador no entendía pues nunca antes se había comportado así. El delfín lanzaba grititos, abriendo la boca y el pescador lo miraba desconcertado con la flor en la mano. Luego de un rato le acercó la flor y se dio cuenta que el delfín le pedía la flor. Abría la boca y movía la cabeza como pidiendo que le diera la flor, así que finalmente el pescador la puso delicadamente en su boca sin acabar de comprender su comportamiento. El delfín cerró su boca y bruscamente se zambulló desapareciendo.
El pescador, que no entendía nada vio que el delfín salía a la superficie de nuevo, pero ya lejos de él. Se alejaba más y más y al darse cuenta de ello empezó a gritarle: "Oyeeeeeeeeeee, vuelve!!! Mi flor, mi flor, dame mi flor!!!": Pero el delfín no se detuvo y siguió nadando, mientras el pobre pescador desesperado le gritaba que volviera hasta que le perdió de vista y se derrumbó sobre la arena en la playa llorando solo, sin flor y sin amigo. El pequeño delfín nadaba ya lejos de la isla cuando vio en el horizonte una mancha blanca. Nadó hacia ella rápidamente y al acercarse a ella la mancha se convirtió paulatinamente en una vela, y bajo ella un barco, y en la cubierta unos pescadores faenando. El delfín se acercó al barco y empezó a hacer cabriolas y piruetas para llamar la atención. Cuando los pescadores le advirtieron dejaron de trabajar por un momento y lo observaron atentamente. Entonces el delfín cuando vio que ellos le miraban se acercó aun más y sacando su cabeza del agua abrió su boca. Los pescadores vieron que una bella flor azul había en ella. "Mirad. ¡Es una flor azul, como la del pescador!". "No puede ser..., hace mucho que desapareció... ¿De dónde saldría esta flor?". Entonces el delfín dio media vuelta de espaldas al barco. Les gritó y golpeó el agua con su cola, salpicando a los pescadores, haciendo como que se marchaba y golpeando con la cola de nuevo. "Parece que quiere que le sigamos...". "No digas tonterías: es un delfín, no un perro". Cuando el delfín se alejó un poco del barco volvió atrás y volvió a hacer lo mismo. Les mostraba la flor y luego golpeaba su cola contra el agua. Finalmente los pescadores decidieron virar el barco hacia donde el delfín se encontraba. Entonces el delfín empezó a nadar dejándoles atrás, deteniéndose luego como esperándoles y sacudiendo su cola. Los pescadores finalmente decidieron seguirle y entonces el delfín empezó a nadar decididamente hacia algún lugar que solo él conocía. Los pescadores no salían de su asombro pues nunca habían visto nada igual.
Al cabo de mucho rato vieron que una pequeña isla se dibujaba en el horizonte. "¡Mirad, de ahí debe proceder la flor. Pero cómo ha llegado la flor hasta la isla?". Y allí en la isla estaba el pescador, aun en la playa solo y triste. Cuando advirtió la vela del barco que se acercaba directamente a donde el se encontraba alzó los brazos, agitándolos locamente y gritando: "Ehhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!! Aquiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!". Los pescadores le vieron a lo lejos... "Hay alguien!!! No lo veo bien...". "Parece el pescador de la flor azul!!!!". Finalmente llegaron a la playa y el pescador, alegre y feliz les pregunto: "Cómo me habéis encontrado?". "El delfín nos trajo hasta aquí!". "¿El delfín?". "Sí, traía una de tus flores en la boca e hizo que le siguiéramos hasta aquí. Te ha salvado la vida! Cómo se te ocurrió darle la flor para que viniera a buscarnos?". "No fue idea mía!! Él lo hizo!!". "¿Pero por qué le diste la flor?". "Yo estaba tan feliz al encontrar la flor en el huerto, que sentí deseos de compartirla con alguien. Por eso la corté y fui corriendo a su encuentro para enseñársela". Al oír eso, los pescadores le sonrieron y le contestaron:
"Entonces bien cierto es que ha sido tu deseo de compartir tu alegría la que te ha salvado la vida". El pescador les sonrió y les dijo: "La felicidad de uno nunca es completa si no la compartes con los que te rodean". Luego se quedó mirando al delfín con lágrimas en los ojos. "Una vez me salvó la vida y ahora me devuelve a mi mundo. Creo que nunca podré pagárselo, pues yo le salve la vida una vez pero él lo ha hecho dos veces. "Es increíble todo esto que nos cuentas. Tienes un gran corazón pescador, y tu amigo el delfín lo tiene tan grande como el tuyo también." "Creo que los delfines son seres tan nobles como nosotros mismos... deben ser los Hogol del mar." Y todos sonrieron cuando oyeron esas palabras.
Así que amigos, si alguna vez os acercáis a una pequeña aldea de pescadores y os hablan de los Hogol del mar sabed que es de los delfines de quien hablan, pues aunque no son Hogol también tienen un noble corazón y una bondad generosa. Y recordad también que por extraño que parezca, compartir vuestra alegría quizás algún día os salve la vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)